Entre los alaridos de alegría por la llegada de las vacaciones, Diomara, cinco meses menor que Joselito, llora en silencio. Él -vagabundo en formación- había dejado de compartirle su lonchera aquel día de junio. Ella -necesitada por profesión- en un berrinche poco importante para el mundo, pero determinante para la mocosa, lloraba silenciosa e imaginaba que el arcoíris se derretía

 Fotografía por Vladimir Velásquez de la serie Rebelión Minera (Publicada en La Astilla en el Ojo) “Es criminal quien sonríe al crimen; quien lo ve y no lo ataca; quien se sienta a su mesa; quien se sienta a la mesa de los que se codean con él o le sacan el sombrero interesado; quienes reciben de él el permiso de vivir.” José

 Empiezo en este momento un viaje, un viaje oscuro, a un lugar que más que simple es realmente una maraña confusa, nostálgica que me pierde, me hunde en las entrañas de la tristeza. Este viaje es periódico, constante, repetitivo y sólo terminará cuando termine conmigo, hasta que acabe en silencio con mi fuerza vital y poco a poco dome mi voluntad de vivir. Este trayecto

Allí estaba yo, observándole tras el cristal sucio de mis lentes mientras él movía sus labios a la par de letras maravillosas, palabras que dibujaban un mundo submarino, de azul profundo y burbujas nacarinas; donde se describía con pinceladas generales un ser mitológico, un ser como él: un espécimen más allá de mi comprensión. Él, aquel humano mitificado que no figuraba en mis registros